El sufrimiento de la familia del adicto

Al igual que el adicto, el resto de la familia también suele negar la adicción. Tratan de guardar las apariencias de cara al exterior, actuando como si no pasara nada y todo fuera bien, manteniendo la adicción en secreto. Pueden sentirse avergonzados de lo que sucede en casa y reconocer lo que pasa les resulta demasiado doloroso. Mientras que algunos solo lo ocultan de cara al exterior, otros lo niegan por completo, incluso ante sí mismos.

Esta negación impide que se reconozca que un determinado problema que afecta a la familia ha sido consecuencia del comportamiento adictivo, como cuando el adicto pierde el trabajo, y culpan a otros o a la mala suerte.

La vida en la familia del adicto es caótica e impredecible. No se sabe cuál será el estado de ánimo del adicto ni su comportamiento en un momento dado. Con el alto nivel de estrés que esto conlleva y las emociones suprimidas, los miembros de la familia dejan, poco a poco, de responder a las necesidades emocionales de los demás, no hacen lo que dijeron que harían, no están ahí para apoyarse, no responden de un modo empático y comprensivo y la confianza e intimidad que pudo haber entre ellos en el pasado se va resquebrajando. Por este motivo, no es raro que los niños se acaben convirtiendo en adultos que perciben las relaciones como estresantes y destructivas, con problemas para experimentar intimidad con otras personas.

Para sacar a su familia adelante, la pareja del adicto no tiene más remedio que empezar a realizar las tareas y obligaciones que antes realizaba el adicto. Si el adicto pierde el trabajo, la pérdida de ingresos puede hacer que no puedan pagar las facturas. Si tiene suerte, tal vez encuentre el modo de ganar más dinero, pagar las facturas y sacar a su familia adelante, pero al hacerlo también está impidiendo que el adicto sufra las consecuencias negativas de su conducta. El adicto puede continuar con su adicción sin que haya consecuencias realmente graves, porque su pareja «se encarga de recoger los platos» y proveer a la familia de lo necesario. Así, la familia del adicto cae en una trampa que perpetúa la adicción.

Los hijos de adictos no aprenden a identificar bien sus necesidades emocionales ni sus emociones, aunque de adultos son muy sensibles al clima emocional a su alrededor. Entienden el amor como algo que consiste en satisfacer las necesidades de dependencia, en vez de verlo como algo basado en un verdadero interés por el bienestar de la otra persona. Esto hace que se sientan mejor en relaciones donde su pareja no es del todo independiente, como sucede en los adictos, por eso no es raro que acaben también teniendo como pareja a un adicto.

Por todos estos motivos, las personas que han crecido en una familia con un padre o madre adicto, pueden necesitar la ayuda de un psicólogo para superar estos problemas y poder mantener relaciones sanas y normales en la edad adulta.


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